La continua presencia de villas amuralladas y castillos situados sobre estratégicas alturas es un rasgo sobresaliente de la Ruta del Califato, que le da un marcado cariz histórico y romántico. La mayoría de estas fortalezas y poblaciones surgieron precisamente durante la existencia de al-Andalus. Su aspecto castrense se acentuó, incluso, a partir del siglo XI, al estabilizarse en esta zona la frontera entre cristianos y nazaríes e intensificarse los conflictos. Se configuró entonces un auténtico rosario de villas-fortaleza.
La alcazaba o castillo constituía el principal baluarte defensivo, una ciudadela con la residencia de los gobernantes, alojamientos, mezquitas y servicios. De aquí partían los muros que circundaban la villa, la medina, solar deviviendas, mezquitas, baños y mercados. Extramuros quedaban los arrabales, cementerios y otros espacios públicos.












