El paisaje apenas muda conforme la carretera va remontando el curso del río Guadajoz: las mismas huertas, los mismos frutales, el mismo ajedrezado de espigas, leguminosas, algunos algodonales y viñas; tal vez se intensifica la escolta de los olivos, que, en hileras ordenadas, marchan sobre las lomas.
En ese paisaje suave y feraz se apoltrona Castro del Río, sobre una colina anudada por el cauce. Su nombre, latino, y sus vestigios arqueológicos ponen de manifiesto su antigüedad y su importancia en época romana gracias a su copiosa producción agrícola. Restos de villas y acueductos, silos de grano repartidos por los cortijos y un puente en el Guadajoz han quedado de entonces. La villa, sin embargo, cobró su definitivo impulso tras la llegada de los musulmanes. Durante el califato cordobés perteneció a la cora de Cabra, y, a partir del siglo XI, dependió sucesivamente del reino zirí de Granada y de los gobiernos de Córdoba. Bajo los almohades, que reconstruyeron y ampliaron sus defensas, se convirtió en una auténtica medina amurallada.
Después de su conquista por Fernando III, sirvió de dique de contención a las correrías que los musulmanes lanzaban contra la campiña a través de los pasos de la sierra. Famoso, por la tenaz resistencia de sus habitantes, se hizo el asedio que sufrió en 1332, cuando el sultán granadino Muhammad IV la atacó con una gran hueste, trajo todos los caballeros de su reino y mucha gente de a pie, bien armada, lanceros, ballesteros, honderos y los restantes con muchas picas y muchos azadones. En los episodios finales de la guerra de Granada actuó de punto de aprovisionamiento y concentración de las tropas castellanas.
Pasados los años de agitación medieval, Castro se vio incorporada al marquesado de Priego, desenvolviéndose en la tranquila existencia de un gran pueblo agrícola campiñés. Entre el caserío que cubre el cerro de Castro se adivina la línea de su recinto amurallado, en la parte más elevada. Se destacan las torres del castillo y de la iglesia, arropadas por el barrio de la Villa, heredero de la urbe medieval, lleno de evocadores rincones y casonas nobles. Además de su pintoresquismo, sus gentes y sus piedras, la población posee otro buen motivo para husmear por sus calles: sus muebles en madera de olivo, de un gusto refinado y enorme aceptación.
Visitas
Castillo y murallas
Iglesia de la Asunción
Cerca del castillo, el Llano de la Iglesia está presidido por la parroquia de la Asunción, que probablemente ocupó el solar de la vieja mezquita. Es una obra en la que se superponen diversos estilos, cuyo edificio original, gótico-mudéjar, fue objeto de sustanciales transformaciones desde el siglo XVI al XVIII. Bajo la mole de su torre se abre la portada principal, de estilo plateresco, labrada en 1538, que da paso al interior de tres naves donde se alternan bóvedas góticas de crucería, algunos capiteles romanos y uno musulmán reutilizados, y yeserías barrocas.
Iglesia de Madre de Dios
Se construyó a mediados del siglo XV justo al exterior del recinto amurallado, en el arrabal que había crecido más allá de la cerca. Llama la atención su singular ubicación en la confluencia de dos calles. Fue notablemente reformada en el siglo XVII, época a la que corresponden sus dos sencillas portadas de piedra.
Iglesias del Carmen y de Jesús Nazareno
En la periferia se sitúan estos dos templos barrocos del siglo XVIII que pertenecieron, respectivamente, a un convento y un hospital.
Paseos y alrededores
El barrio de la Villa, el casco amurallado, merece un paseo: desde el castillo, junto a la puerta de Martos y la plaza de San Rafael a través de un sinuoso callejeo, hasta la plaza de San Fernando, con el Ayuntamiento y el arco del Agujero, una abertura practicada en la muralla en 1420. A la atmósfera de sus calles y casas se añade la presencia de Miguel de Cervantes, quien estuvo preso en la cárcel de Castro en 1592. Del Llano de la Fuente puede pasarse, cruzando el río, a la calle Molinos, formada por las naves de las antiguas almazaras.
Al noreste del término, en la linde con Baena, hacia el kilómetro 9 de la carretera de Castro a Cañete, se ven los restos del castillo de Torreparedones, donde estuvo Castro el Viejo. A 572 m. de altitud, domina el paso del valle a la sierra. Fue lugar sagrado de la cultura ibérica, lugar romano y musulmán, hasta su abandono en época cristiana. Desde este vértice visual se abre una panorámica que alcanza a Baena, Castro, Espejo y otros pueblos.
En dirección a Baena, una vieja calzada romana, transitable a pie, en bicicleta o a caballo, corre en paralelo a la carretera, a la del Guadajoz, llamado el «río del pan» por sus molinos de harina y los trigales que riega. La calzada salva el cauce mediante un puente, también romano.












