Cádiz

Playa de la Caleta.Desde las campiñas la ruta desciende hacia la costa, hasta la resplandeciente bahía cerrada por la ciudad de Cádiz, que navega como una isla entre las aguas, apenas unida a tierra firme por una estrecha lengua de arena. Ante los ojos del viajero se muestra nada menos que la más antigua fundación urbana viva de Occidente, creada por los fenicios hacia el año 1100 a. C., o según el mito, por el mismísimo Hércules. Gadir, la «ciudad fuerte», jalonaba los confines occidentales del mundo conocido, las columnas de Hércules tras las cuales se abría el océano tenebroso. Bajo fenicios, púnicos y romanos, Cádiz fue uno de los principales emporios marítimos y mercantiles de la Antigüedad, un enclave de primer orden que canalizaba las relaciones entre los pueblos mediterráneos y las tierras de la Península, ricas en minerales, pesca y productos agrícolas. Al filo de nuestra era, la opulencia de Gades se manifestaba en la inmensa riqueza de su aristocracia y de su propia fisonomía urbana, dotada de fastuosos templos y edificios públicos.

Sarcófagos fenicios en el Museo de Cádiz.La crisis de la economía comercial, el aumento de la inseguridad y los otros fenómenos que acompañaron la decadencia del mundo romano conllevaron asimismo el declive del emporio gaditano, cuya importancia menguó en favor de otras poblaciones del interior como Medina Sidonia. De hecho, a la llegada de los musulmanes en el año 711 Cádiz aparece tan sólo en un plano secundario. Denominada Yazira –la «isla»– Gades o Calis y reducida a la condición de pequeña villa costera, se encontraba expuesta a las amenazas del mar, como demostró el ataque de los normandos del año 844, cuando estas «gentes del Norte» asolaron todo el suroeste de la Península.

La presencia de los almorávides en al-Andalus reactivaría el papel de Cádiz al convertirla en base de su flota del Atlántico, mientras que Almería cumplía similar cometido en el Mediterráneo. Surgen entonces diversas noticias referentes a este puerto donde, en 1146, el almirante almorávide Ali ibn Isa ibn Maymun decidió sumarse al movimiento de los almohades, iniciativa que hizo de Cádiz la primera ciudad andalusí incorporada al emergente imperio marroquí. Durante algunos años, sin embargo, ibn Maymun detentaría un señorío más o menos independiente, hasta su definitivo sometimiento a la autoridad almohade. Al fin, a mediados del siglo XIII Cádiz pasó a manos cristianas tras la caída de Sevilla y el consiguiente avance de los castellanos por tierras meridionales. Fue al parecer en 1262 cuando el rey Alfonso X afianzó su dominio sobre la ciudad portuaria, empleada en adelante como cabeza de puente de incursiones contra territorio africano y como base naval en la batalla por el control del Estrecho.

2b1c2a91b21bc80bbb26847bf435c77b.jpegLa paulatina pacificación de la región y la reanudación del comercio marítimo sentaron las bases de la recuperación de Cádiz a partir de la Baja Edad Media. El impulso decisivo le vendría dado por el descubrimiento de América y la concentración del tráfico con las Indias en los puertos ribereños del golfo gaditano, un proceso, que, con todo, no estuvo exento de sobresaltos a causa de las ambiciones de las potencias rivales. Así, en 1596 Cádiz fue víctima de un pavoroso saqueo por parte de la flota angloholandesa del conde de Essex, suceso que obligó a su completa reconstrucción. Renacida de sus cenizas, el traslado a Cádiz de la cabecera de las flotas en 1680 y, en 1717, de la Casa de la Contratación –organismo que monopolizaba los intercambios con las colonias– fomentaron su etapa de máximo esplendor entre fines del siglo XVII y comienzos del XIX.

Monumento a las Cortes de 1812.Aún protagonizó la próspera metrópolis otra brillante página histórica al acoger a las Cortes que en 1812 proclamaron la primera Constitución española mientras se hallaba sometida al asedio de las tropas de Napoleón. Urbe milenaria y cosmopolita, enclave portuario y mercantil, baluarte militar y base naval, cuna del liberalismo… las múltiples facetas del pasado gaditano forjaron esta capital de atmósfera única y sabor inconfundible, de carácter vivo y alegre, colorista, rebosante de monumentos y rincones encantadores.

 

 

 

Paseos por Cádiz

En el conjunto urbano de Cádiz se distinguen con facilidad dos sectores claramente diferenciados. Por una parte, el casco antiguo, de planta pentagonal y unas 140 hectáreas de superficie, asentado sobre una plataforma rocosa rodeada de murallas y ceñida por el mar casi en su totalidad. Por otra, la ciudad moderna, surgida en los últimos cincuenta años a lo largo de la franja de tierra que se extiende entre el núcleo histórico y el puente de la Bahía.

De Puerta de Tierra a la plaza de San Juan de Dios

Vista de Puerta de Tierra.La plaza de la Constitución y el fornido baluarte de Puerta de Tierra –iniciada en 1639 y completada con una monumental portada en 1755– jalonan el ingreso al casco histórico de Cádiz. A continuación se encuentran el barrio de Santa María, nacido en el siglo XV como arrabal junto al estrecho recinto amurallado de la primitiva ciudad medieval, y numerosas edificaciones de interés. Ha de reseñarse el convento e iglesia de Santo Domingo, del siglo XVII, engalanada por un retablo de mármoles italianos que enmarca la efigie de la Virgen del Rosario, patrona de la ciudad y, antaño, de la Carrera de Indias. Muy cerca, a un lado de la calle Plocia, se levanta la obra en ladrillo del Palacio de Congresos, antigua fábrica de Tabacos y típica pieza de la arquitectura industrial de fines del XIX, mientras la calle Sopranis y los vericuetos adyacentes se internan, entre palacios barrocos y casas de vecinos, a lo largo de una de las áreas más populares de Cádiz.

Antigua Cárcel Real.Junto al borde amurallado, a la vista del mar abierto, se alza la sobria Cárcel Real, considerada la construcción neoclásica más importante de Andalucía, concebida en 1794 por Torcuato Benjumeda.

Más resguardada en medio del caserío se encuentra la iglesia que da nombre al barrio, Santa María, templo del siglo XVII en el que intervino Alonso de Vandelvira donde pueden admirarse un espléndido zócalo de azulejos holandeses de Delft y un movido retablo rococó. De vuelta hacia la zona portuaria se alcanza la plaza de San Juan de Dios, centro neurálgico de Cádiz presidido por la equilibrada fachada neoclásica del Ayuntamiento, otra obra de Benjumeda trazada en 1799, que armoniza con la elegancia de su interior y sus salones. El animado ámbito de esta plaza, orientada al puerto, se remata con la iglesia de San Juan de Dios y excelentes ejemplos de tradicionales casas de pisos en las que prima el gusto compositivo de los volúmenes y el color.

En torno a la Catedral

Catedral.El núcleo más añejo de Cádiz se tiende desde San Juan de Dios hacia la Catedral, a lo largo del barrio del Pópulo, heredero de la vieja villa amurallada medieval. Flanqueado por la arteria peatonal de la calle Pelota, que une en línea recta las plazas del Ayuntamiento y de la Catedral, en el barrio aún subsisten fragmentos de la cerca defensiva, asomando por los callejones: así, el arco del Pópulo, bajo una capilla barroca, el arco de los Blancos y el arco de la Rosa, frontero a la iglesia mayor.


Teatro romano.Como testimonio de la superposición de culturas en el compacto solar del Pópulo aflora el graderío del Teatro Romano, excavado en medio de las casas y fechado hacia el siglo I a. C. Se sitúa justo detrás de la iglesia de Santa Cruz, la «Catedral Vieja», levantada hacia 1600 tras la destrucción en el saqueo de 1596 del primer edificio catedralicio que consagrara Alfonso X sobre una mezquita después de la conquista cristiana.
Adosada a un fuerte torreón, la Catedral Vieja muestra un porte robusto, con interior de tres naves bajo bóvedas que descansan sobre gruesas columnas. A su lado se encuentra la casa de la Contaduría, con un exquisito patio mudéjar del siglo XVI y sede en la actualidad del museo Catedralicio, donde se exhiben documentos, ajuares litúrgicos y obras de arte tan sobresalientes como las custodias del Cogollo, del XVI, y del Millón, del XVIII, así llamada por las innumerables piedras preciosas que la adornan.

Fachada de la Casa del Almirante.Los rincones del barrio del Pópulo, ennoblecidos por palacios barrocos como la casa del Almirante, de 1690, desembocan ante la fachada de la Catedral nueva, que despliega un elaborado juego de superficies curvadas con una gran portada entre torres gemelas. Iniciada en 1722, su construcción se dilató hasta 1883. Con planta de cruz latina con girola, su interior vibra bajo una luminosidad grandiosa, mientras su centelleante cúpula recubierta de azulejos dorados perfila una de las imágenes más emblemáticas de Cádiz gravitando por encima de las fachadas multicolores y los rompientes del Campo del Sur.

Hacia la plaza de Mina y San Felipe Neri

Más allá de Santa María y el Pópulo se extiende el casco histórico de aire dieciochesco consolidado durante al auge de la ciudad, un entramado urbano regular y ordenado, de calles rectilíneas y plazas que reúnen un valioso conjunto de piezas monumentales y de arquitectura doméstica.

San Lorenzo de Zurbarán. Museo de Cádiz.En los aledaños de la plaza de San Juan de Dios destaca la portada con columnas salomónicas de la barroca casa de las Cadenas, de fines del XVII, muy próxima a la plaza de la Candelaria. El paseo puede encaminarse después al eje comercial de la calle Columela y a la calle Rosario, donde una discreta fachada resguarda la joya neoclásica del oratorio de la Santa Cueva, original capilla de planta elíptica erigida entre 1783 y 1796 donde el refinamiento ornamental de su arquitectura se enriquece con las pinturas de Francisco de Goya que decoran la cúpula. A pocos pasos quedan la plazuela e iglesia de San Francisco, y, a continuación, la plaza de Mina, uno de los espacios con mayor encanto de la ciudad, donde se respira la atmósfera colonial que impregna muchos de sus rincones. Aquí se halla un punto de visita obligado, el museo de Cádiz, cuyas salas ofrecen una palpable demostración de la riqueza del pasado gaditano. De su prolija colección arqueológica sobresalen dos magníficos sarcófagos antropoides, masculino y femenino, labrados en mármol y fechados hacia el siglo Va. C. En la sección de bellas artes, a su vez, cuelgan pinturas de primera fila, como la serie de nueve tablas ejecutadas por Francisco de Zurbarán hacia 1638 para el monasterio de la Cartuja de Jerez.

Jarrón almohade. Museo de Cádiz.La despejada plaza de San Antonio, al pie de la iglesia de este nombre con sus dos torres puntiagudas, supone otra etapa esencial del agradable paseo por el corazón de Cádiz. A escasa distancia surgen de nuevo las evocaciones históricas, plasmadas en el oratorio de San Felipe Neri, templo barroco presidido por una Inmaculada de Murillo donde se reunieron las famosas Cortes gaditanas de 1812. A su costado se ubica el museo Iconográfico e Histórico de las Cortes y Sitio de Cádiz, dedicado a esos cruciales tiempos, en el que se expone, como pieza central, una extraordinaria maqueta relizada en caoba y marfil que refleja con todo detalle cómo era la ciudad a fines del siglo XVIII.

Interior del Teatro Falla.En las cercanías, hacia el borde marino, se localiza otro hito fundamental, el teatro Falla, que recuerda al genial músico gaditano Manuel de Falla y que polariza toda la atención de la ciudad al servir de escenario a los concursos de Carnaval. En la parte más alta del casco antiguo se eleva la torre de Tavira, que en tiempos de las flotas de Indias desempeñaba el cometido de torre de señales del puerto. Hoy acoge el dispositivo de una cámara oscura que depara una desacostumbrada y atractiva visión panorámica del conjunto urbano. La cuantiosa reseña monumental se prolonga luego con el Hospital de Mujeres, uno de los edificios barrocos más señalados de Cádiz, distribuido alrededor de dos patios unidos por una magistral escalera de tipo imperial. Su capilla cobija, además, una pintura de San Francisco de El Greco.

Uno de los patios del Hospital de Mujeres.Por este sector el ambiente burgués cede ahora ante el rancio sabor popular del entorno del Mercado y del barrio de la Viña. La plaza de las Flores, o de Topete, es un foco de animación flanqueado por puestos de flores, cafés y comercios, en tanto que el vecino barrio de la Viña condensa en sus calles y placetas todo el tipismo local, con enclaves como la plaza del Tío de la Tiza o la barroca iglesia de la Palma, en medio de un sinfín de tabernas y bares donde puede degustarse el mejor pescado frito. 

El borde amurallado y la ciudad moderna

Alameda Apodaca.Otra forma de ver Cádiz consiste en recorrer su perímetro marítimo, por avenidas, alamedas y jardines que discurren a lo largo de las imponentes murallas y baluartes que la conviertieron en una plaza inexpugnable. A partir de la plaza de San Juan de Dios se alinean los jardines de la avenida del Puerto, el edificio de la antigua Aduana de Carlos III –sede de la Diputación– y la plaza de España con el monumento a las Cortes de 1812. La amable presencia de la vegetación y las vistas de la boca de la Bahía se combinan por las alamedas de Apodaca y Marqués de Comillas con la austeridad del baluarte de la Candelaria, dedicado en el presente a usos culturales, y el artístico preciosismo barroco de la iglesia del Carmen.

Parque Genovés.Similar alternancia deparan el parque Genovés y la antigua prisión, hoy visitable, del castillo de Santa Catalina, que domina la popular playa de la Caleta con el pintoresco balneario de la Palma. Desde aquí se adelanta entre los escollos el castillo de San Sebastián, multiplicándose las fortificaciones en la fachada batida por el oleaje del Campo del Sur. Una vez rebasado el cinturón de murallas se extiende la ciudad moderna, entre la Bahía y la concurrida playa de la Victoria, surcada por el eje maestro de la avenida de Andalucía y sus prolongaciones

 

Bahía de Cádiz

Bahía de Cádiz.El laberinto de marismas, caños, esteros, dunas y playas que contornean la bahía gaditana articula un paisaje de gran personalidad y elevado valor ambiental, lo que ha motivado la declaración como parque natural de unas 10.000 hectáreas en la zona, desde la desembocadura del río Guadalete, hacia El Puerto de Santa María, hasta el litoral de Sancti Petri, en término de Chiclana. La variedad de ecosistemas del parque propicia la existencia de diversas formaciones vegetales –pinares, carrizos, espadañas, castañuelas…– y una abundante fauna que comprende comunidades de aves migratorias –flamencos, espátulas, cigüeñuelas…–, peces e invertebrados marinos, así como especies de singular interés como el camaleón común. A sus aspectos naturales, los humedales de la Bahía de Cádiz añaden el aliciente de las actividades tradicionales desarrolladas por el hombre: la pesca de estero y el marisqueo, las salinas, cuya presencia se remonta a época fenicia. 

El ídolo o faro de Cádiz

Son numerosas las fuentes árabes que mencionan la existencia de un ídolo (sanam), talismán (tilasm) o faro (manara) en las costas de la Isla de Cádiz (Yazirat Qadis), cuyo origen legendario se atribuye a Hércules o a Alejandro Magno (Du l-Qarnayn).

Al margen de las connotaciones legendarias, vinculadas a estos personajes, a la función admonitoria que se le atribuía al citado ídolo como indicación del peligro que representaba el Océano Tenebroso, o a las leyendas premonitoriasde la pérdida de al-Andalus, el ídolo formaba parte de un conjunto arquitectónico conmemorativo erigido en la Isla de León, muy posiblemente en época romana, y que estaba constituido por una estructura de considerable altura sobre la que se situaba una estatua antropomórfica.
De los cronistas que mencionan el «Ídolo de Cádiz» (al-Bakri, al-Zuhri, al-Idrisi, el autor del Dikr, al-Garnati, al-Himyari, al Mas’udi, Ibn al-Wardi, Yaqut, etcétera), sólo tres de ellos se extienden con cierta generosidad en la relación y descripción del conjunto: al-Zuhri –que visitó el lugar varias veces antes de la destrucción del «ídolo»–, al-Himyari –dos siglos más tarde– y el autor anónimo del Dikr bilad al-Andalus. El primero de estos cronistas fue testigo presencial y, por tanto, digno de todo crédito; al-Himyari ofrece noticias no recogidas en el relato de al-Zuhri; y el Dikr –que toma como base la descripción de al-Zuhri– proporciona, por su parte, una información más amplia, aclarando algunos pasajes confusos o contradictorios mencionados en la fuente original.
La versión del compilador al-Himyari, que vivió en el siglo XIV, debió apoyarse en fuentes anteriores que, sin embargo, no cita, añadiendo algunos elementos claramente legendarios y fantásticos, como el atribuir la construcción del edificio y del «ídolo» a Hércules (confundiendo el mito heracleo con la leyenda del viaje de Alejando Magno al Occidente) o relacionar la caída de las llaves de la estatua con la pérdida de al-Andalus. No obstante, al-Himyari señala que la estatua era de bronce, reincidiendo, como otros cronistas, en que el ídolo sostenía en su mano izquierda una llave de hierro y en su mano derecha una tablilla de plomo grabada.
La descripción que hace el Dikr es parecida a la de las dos fuentes citadas, aunque aporta algunas precisiones, como que «el ídolo de Cádiz era una almenara de cien codos de altura, construido desde su base, de forma cuadrada, con pumita rugosa, negruzca y perfectamente trabajada; en sus ángulos se apoyaba en columnas de hierro, plomo y cobre rojo».
A modo de conclusión se puede añadir que el famoso «ídolo o faro de Cádiz», era una construcción pétrea de tipo conmemorativo o funerario, constituida por tres cuerpos escalonados de planta cuadrada y coronada por una estatua antropomórfica. Según Antonio García y Bellido debía tratarse de un edificio construido en el primer cuarto del siglo II d. C., basándose en la existencia de barba en la estatua, detalle que revela que no puede ser anterior a la época del emperador Adriano. Para este investigador, la estatua representaba la figura de un emperador romano.
La mayoría de los autores coincide en asegurar que el «ídolo» estaba hecho de una aleación de metales que varía entre cobre (al-Mas’udi, al-Idrisi, Ibn Wasif Sah y al-Himyari), cobre dorado (al-Dimasqi y al-Himyari) o bien hierro mezclado con azófar (Yaqut y al-Qazwini). Al-Zuhri, que recoge el dato de testigos que asistieron a la destrucción, y el Dirk aseguran que «era de latón, con un baño de oro fino».
La edificación y la estatua que la remataba fueron destruidas en el año 540/1145-6 por el almorávide ‘Ali b. ‘Isa b. Maymun, que se había rebelado en la Isla de Cádiz, pensando que el «ídolo» era de oro, pero una vez demolido y comprobado que era de latón bañado en oro, sólo pudo obtener 12.000 dinares de sus despojos. Al-Himyari da más detalles sobre el proceso de demolición, diciendo que «se pusieron a extraer piedras del conjunto de la obra: cada vez que sacaban una piedra apuntalaban su hueco con ayuda de vigas… A continuación se pegó fuego a este armazón… y el techo se desplomó en medio de un estruendo espantoso. No se pudo extraer de los escombros más que el plomo que unía las piedras y el cobre con que estaba hecha la estatua: era de cobre dorado».
La función de faro o guía para la navegación del «ídolo» en tiempos de los musulmanes está confirmada por la expresión recogida por al-Zuhri tras la demolición del conjunto: «Desde que el faro fue destruido ya no se pudo contar con él como guía… Se inutilizó su funcionamiento para la navegación, pues la gente de al-Andalus pensaba que era un talismán (tilasm) contra las acciones del mar… Pero al ser demolido, nada cambió ni en el mar ni para los navegantes, siguiendo todo igual».

Distancias: 120 km a Algeciras, 320 km a Granada
Altitud:
7 metros
Población:
133.242 habitantes

Puntos de Información:

  • Oficina de Turismo de la Junta de Andalucía: Avda. Ramón de Carranza, s/n, Tel. 956 203 191

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